
“Señorita Avila, ¿Cuál es el tema de su crónica?”. Me despierto exaltada, la voz del profesor de curso retumba en mis oídos aún, siento las miradas de mis compañeros de clase vigilantes a mi pronta respuesta. Rápidamente dirijo la mirada al reloj casi nuevo, casi viejo que algún día de esos tantos me regalaron y que ahora yace sobre mi mesa. Son las siete menos cinco, recuerdo vagamente que tengo que ir a un sitio, “ya voy tarde”, pienso, hasta que escucho una voz susurrándome “nos vemos mañana, Shio, en el paradero de Paiján”. Me apresuro a levantarme y mientras las gotas de agua tibia caen sobre mi rostro imagino el día que me espera por delante.
Ahora el pequeño reloj sin correa que extraigo de mi bolso marca las nueve y quince de la mañana, lo he estado esperando por varios minutos ya, “Hasta que por fin”y lo veo aparecer imponente a cortos centímetros mío. El sol tiene su color, el color DORADO, al igual que el lugar de mi destino. Mientras pienso eso el ruido del motor hace presencia y las puertas del pasillo se abren, decido tomar el primer asiento que veo, y lo hago cerca de un hombre de imponente contextura, al juzgar por las arrugas de su rostro le calculo unos treinta y tantos, mas tantos que treinta. Examino el ambiente y para mi sorpresa la mayoría de pasajeros son hombres, desde los que recién empiezan a vivir hasta aquellos a los que los años ya les están pasando factura.
Todos están hablando al mismo tiempo, no logro captar frases completas, por momentos esa escena se me asemeja mucho a mi salón de clases donde todos tratan de hablar pero ninguno dice nada (por lo menos no respecto al tema tratado en ella).
“Tengo que tomar apuntes”, me digo a mi misma como recordándome que no tengo muy buena memoria para los detalles, me dispongo a sacar el lapicero de mi bolso pero por poco éste sale volando de mis manos para ir a posarse en un sitio que no le correspondía; el “sube, sube” es apabullado por un “Qué locura quererte, como te estoy queriendo…Caribeños de Guadalupe!! ” chicha pegajosa que no niego haber bailado varias veces; la compuerta se cierra, pero aún la música se mezcla con el audio del video que se está reproduciendo.
Nuevamente recuerdo que me disponía a tomar apuntes, pero esta vez voy a confiar en mi memoria.
Pocos minutos después, mi compañero de viaje empieza a pelear con un enemigo invisible que le quiere arranchar la hoja de periódico que tiene entre sus manos; casi inmediatamente esa puerta que ya se me hizo familiar y en la que fijé primero la mirada, no por quien subía, sino por que en ella impresos en un papel, estaban aquellos números que reducirían mi papel de diez a varios círculos metálicos de menos valor. “¿Me puedes avisar en la agencia del Dorado?” me apresuré a decir mientras depositaba aquel metal con valor sobre las manos de ese hombre que inmediatamente corrigióme “¡Paradero!” dijo secamente mientras se disponía a recibir más de las mismas.
He viajado muchas veces pero este recorrido se me hacía muy largo, o quizá sea por el hambre que me está carcomiendo por dentro, no veo las horas de bajar de este pequeño refugio rodante donde estoy; para matar el tiempo decido ver algunas fotos que están grabadas en la cámara, ninguna se me es conocida pero decido examinarla, mi tranquilidad es rota por un irrespirable humo “ será de basura o de caña” me apresuro a preguntarme y me respondo automáticamente cuando veo a través del vidrio los restos incinerados de la segunda.
A través del camino se pueden divisar muchas cosas, especialmente en los paraderos; niños vendiendo desde caramelos hasta sus “gelatinas, gelatinas, señorita a cincuenta”, no me decido por ninguno prefiero esperar.
“¡Por fin llegamos!” el viaje fue de casi una hora pero para mí duró mas que eso. Bajé apresuradamente tratando de encontrar a mi amiga cerca del lugar de mi arribo, pero nada de nada, decido ir caminando un poco mas allá, cuando el viento trae a mí una voz conocida “¡SHIIIIOOO!” desvío la mirada y al frente mío esta mi amiga, una de las pasajeras de este viaje, aun faltan dos. Como siempre los hombres son mas tardones que nosotras, muchas veces me he preguntado que sería de ellos si tuvieran que hacer todas las cosas que NOSOTRAS hacemos, “¡se mueren en el intento!”, algún día me lo responderán.
Después de haber tomado un desayuno “reconfortante” según nosotras que yo lo llamaría refrescante, porque aun la barriga me suena; aparece uno de los dos pasajeros faltantes, la media naranja de Stephany, él es tan callado que nadie nota su presencia, pero no hay que confundirse, el siempre está ahí. A punto de rendirnos por el sol, una hora después, aparece nuestro amigo Danielito, que aunque lo conocemos muy poco tiempo nos ha dado muchas sorpresas con su bien disimulada personalidad.
Ya completos todos no encaminamos a recoger el programa en casa de un familiar de Stephany, una gran decepción nos llevamos cuando nos dimos cuenta que ese día no iba a haber ninguna actividad en especial, bueno si, pero se habían desarrollado en la hora que estuvimos expuestos bajos esos rayos solares que dejaron huella en la piel de todos. Uno de ellos el Burro cross y el ciclismo con un recorrido Paiján – Puerto Malabrigo.
Decidimos no desaprovechar el viaje ni el trajín, así que enrumbamos hacia el centro del pueblo, la plaza de armas, que según la historia fue el primer cementerio del lugar, hecho que averiguamos en nuestra visita a la casa de la cultura ubicada a uno de los lados de la plaza. Ésta estaba siendo “retocada”, seguramente por las festividades de Enero de cada año en honor a su patrón el Señor de los Milagros de Paiján, cuya imagen se encuentra dentro de un sarcófago en una playa cercana al lugar, a la que llamaron “el Milagro”, mucho tiempo atrás.
Me llama la atención también, dentro de ese pequeño pueblo las pequeñas ferias que han sido armadas, pregunto a Stephany si eso se encuentra todo el año, pero me informa que eso solo se encuentra en festividades.
Ahora nuestra desesperación es buscar baterías para la cámara y seguir capturando escenas paijanenses, pues se nos terminaron tomándole a aquella exposición en honor al desnudo dentro de la casa de la cultura, de un pintor de la zona.
Nuestra búsqueda por algo que no cueste caro es en vano, pues igual Daniel tiene que hacernos el favor de comprar unas de más valor a pedido de Stephany y mío cuando estamos ingresando a “San Salvador”, pequeña, pero acogedora, la describiría yo. Me llama la atención la gran imagen que está al final de la misma, rodeada de muchas ofrendas florales, que engalanan el sufrimiento del Cristo Crucificado, cerca a él una vela a punto de caer, pero a la vez muy firme se aferra al pedazo de fierro al cual ha sido destinada a estar, una imagen de la Virgen de Guadalupe también adorna el ambiente religioso, lo curioso, en una esquina de ella se encuentra una imitación de nosotros implorando por algo, cuando nos vemos perdidos.
Ya es medio día, el sol se siente como agua hirviendo debajo de nuestra piel, antes de decidir a donde ir a almorzar, capturamos algunas imágenes de nosotros “Para que nos crean que estuvimos en Paiján” me apresuro a decir.
Una batalla se está librando en mi estómago, parecen adivinarme el pensamiento y encaminamos nuestra búsqueda de comida, aunque no me lleve una buena impresión de la comida me gusto comer fuera de casa. Pasamos ahí como hora y media hasta que decidimos ir a conocer “algo” por ahí. Stephany es la única que tiene familiares por ésta zona, así que es nuestra salvación para decir que nuestro viaje no fue una pérdida de tiempo.
Caminamos tranquilamente por la carretera , cuando nos disponemos a cruzar, divisamos al final de la calle a un grupo de chiquillos con una tina llena de agua, yo ya no quiero avanzar pero Stephany me tranquiliza y me dice que no nos van a mojar porque nuestros acompañantes nos van a defender, grande fue su error. Decir que nos mojaron es poco, salimos escurriendo agua para una semana diría yo. Sin más que hacer y con el miedo de ser atacados de nuevo nos disponemos a irnos, pero no podemos dejar aquel pueblo sin secarnos primero. Nuestra expedición nos lleva a un parque, en donde un grupo de niños pretenden tomarnos nuevamente “húmedamente el pelo”. “Mójenlas, mójenlas” escucho decir a Daniel, “me las va a pagar” él fue único que no ha sido rozado por una gota aún.
El peligro pasa, nuestros enemigos desalojan el lugar, mientras “Tefa” y yo recordamos nuestros días en el jardín de niños, haciendo victimas a los pobres columpios. Una pequeña niña me llama la atención esta sentada sola paseándose, “¿como te llamas?” pregunté, “¿Por qué?” me respondió ella a la defensiva, “ yo me llamo Shirley , ella Stephany, él Daivis, y el chico que está sentado por allá se llama Daniel”, luego de un corto pero largo silencio, su respuesta arranco la risa de mis amigos “no te quiero decir”me dijo mientras se alejaba ; más tarde esa niña me daría una lección de lo que es crecer en la ciudad y la diferencia de crecer en el campo, te da coraje, te hace ser autosuficiente, ni un grupo de chiquillos, pueden apabullarte, porque siempre puedes llamar a “¡mamáaaaa!” que rápidamente viene a tu llamado con cualquier cosa que tiene a la mano para correr en tu ayuda.
No puedo negar que la pasé muy bien, a pesar de el baño en plena calle y el sol abrasador; el compartir, y sobre todo el conocer parte de lo que nuestra cultura popular, desde una procesión con un mar de gente, hasta un globazo para dar la bienvenida al mes más mojado del año, Febrero, hasta el popular grupo cinco en cada mototaxi que pasa.
Como leí en aquel cuadernito verde de opiniones en la exposición de aquel pintor con un gran amor al cuerpo “¡LA CULTURA ES EL ALMA DE LOS PUEBLOS!” , me queda la satisfacción de haber vivido un poquito de ella y haber sido parte siquiera por unas cuantas horas de este pueblo rico en tradiciones, Paiján.
El cansancio se hace dueño de mi cuerpo, a través del vidrio de aquella imitación de latita de sardinas, me despido con la promesa de regresar pronto, ahora la vista se hace borrosa, solo queda mantener vivo el recuerdo de aquel viaje que se inicio como de trabajo y terminó siendo una notita más para nuestra libreta de vida.
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